Toda empresa que compite en un sector industrial posee una estrategia competitiva, ya sea explícita o implícita. Esta estrategia pudo haber sido desarrollada explícitamente mediante un proceso de planeación o pudo haberse originado en forma implícita a través de la actividad agregada de los diferentes departamentos funcionales de la empresa.Dejado a sus propios medios, cada departamento funcional inevitablemente seguirá los enfoques dictados por su orientación profesional y las motivaciones que están a su cargo. Sin embargo, la suma de estos enfoques departamentales rara vez llega a ser la mejor estrategia (PORTER, 1982).
La formulación de la planeación estratégica generada por los mandos administrativos de los diferentes departamentos de las empresas busca ejecutar políticas encaminadas a la coordinación de las actividades para lograr objetivos comunes. Para el caso de planeaciones estratégicas implícitas, estos objetivos comunes no se encuentran desarrollados formalmente, por lo que difícilmente lograrán repercutir en el rumbo de la empresa en un largo plazo, más que todo buscan mantener la operatividad cotidiana.
Esta es la situación de la mayoría de las empresas nacionales que se rigen por administraciones o bien empíricas, ortodoxas o de corte familiar. En la actualidad, su planificación no contempla algunos factores necesarios para enfrentar la época de globalización que se desarrolla actualmente, pero los reconoce como fundamentales, tales como son: la competencia con empresas multinacionales mucho más grandes y completas que ella; el empeño demostrado por fabricar productos de calidad; servicio al cliente después de realizar las ventas; en otras palabras, la forma de hacer negocios y los éxitos conseguidos al operar en forma improvisada ya no tienen ningún significado.
Sin mencionar los efectos que puedan tener sobre la empresa posibles eventos exógenos tales como: una elevada y sostenida tasa de inflación; cambios tecnológicos que conviertan en obsoletos la planta y el equipo existente, recesión, aumento en las tasas de salarios, cambios en la legislación que afecten a la empresa, entre otros.
Evidentemente, la mayoría de las empresas en el país no están preparadas para soportar tales inclemencias en su entorno económico. En adición a estos factores, es probable llegar a sufrir algunos de los síntomas inherentes a la globalización como son: competir en precios, competir en costos, competir en servicios, manejar líneas de productos más complejas o intensificar la actividad comercial.
El hecho de reaccionar ante estos indicadores es inminente, de no hacerlo, las empresas nacionales estarán condenadas a la quiebra, es necesario adoptar medidas efectivas y cuanto antes mejor.